Un libro a mi madre.
5 diciembre 2023 : San Sabas y “Cumle” de mi nieta Lina
Murcia, martes, las ocho y veinte, mucho frío, víspera de un puente largo -Constitución, Inmaculada Concepción-. ¿Sabías que el adjetivo “frío” tiene dos superlativos? Friísimo y frigidísimo.
DE MI DIARIO:
13 agosto 1980
REVISTA
Ayer vi la Revista de las Fiestas de Feria de este año. Revista bien presentada, grande, con muchas fotografías, con vistas de nuestro pueblo, con anuncios y colaboraciones. Entre éstas hay una mía: “Del carácter de los jumillano”.
Este trabajo lo escribí el año pasado para un Concurso literario. Me premiaron una poesía y este trabajo lo seleccionó el jurado. Ahora viene en la Revista sin permiso del autor, que es decir sin mi permiso. Si bien no me disgusta. Pero lo cortés no quita lo valiente.
FORASTEROS
En Jumilla hoy mandan forasteros. No sé si el hecho es insólito o en otros lugares ocurre lo mismo. Personas que llegaron a nuestro pueblo, se afincaron en él, echaron raíces más o menos profundas, y escalaron puestos en la sociedad local, hasta alcanzar el podio del dirigismo político, social y económico.
Yo veo a estas personas usurpando puestos que no les corresponde, como viviendo de prestado, como fuera de lugar. Encuentro la situación extraña. Estas personas, para mí, no debían estar ahí donde están. O estar, pero calladas, con permiso de todos los indígenas, sin opción al estrellato.
Considero que es humillante para los nacidos dentro, que otras personas vengan de fuera a decirles lo que han de hacer. Es una situación parecida a la que se produjera si en nuestra casa mandaran los invitados, o en España hubiera un gobierno inglés, pongo por caso.
Algo me repugna de esta situación. Siento que no es normal. Solo debían sentirse agradecidos por el trato, por la acogida. Debían estar a la sombra de la vida jumillana, sin voz ni voto en sus problemas, en sus decisiones. Que estén ahí ordenando lo que está bien o lo que no procede, me parece sencillamente humillante.
UN LIBRO
Yo quisiera escribir un libro a mi madre. Pero ese libro no diría mucho a los demás. Sería un libro de recuerdos, un libro de mis recuerdos personales, de mis recuerdos para con ella. La pobre ya no lo leería. Sé que el libro en cuestión no la iba a emocionar como hubiera podido hacerlo otras veces.
Sus ojos son una sombra de sus ojos. Muy raramente encuentro en ellos un destello de su luz. Su voz me trae recuerdos de la infancia. El timbre de sus frases inconexas me la recuerdan. Su risa no existe ya. Solo, a veces, como del fondo de su persona, brota la mueca de aquella risa cantarina que ella siempre tuvo.
Todo se fue yendo, se fue apagando, perdiendo para siempre. Queda solo un hilo de cada aspecto de su vida que fue, un recuerdo, una sombra. Y en esa sombra me apoyaría para escribir un libro a mi madre, solo a ella, aun sabiendo que no se iba a enterar: pero me quedaría tranquilo.
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